A veces se me abren las heridas. Las pequeñas brechas que recorren mi cuerpo de esquina a esquina. Se abren las heridas que me costaron cerrar. Lloro y recuerdo lo mucho que duele el abismo de aquel adiós agridulce, ese que duele tanto como cuando me caí de la bici a los 8 y mi papá me puso una curita en la rodilla, esa herida nunca sanó bien, pero ya no duele.
Estoy escribiendo esto con una herida abierta, es una de las más pequeñas, algo así como la nena de las heridas. Hemos vivido tantas cosas juntas que, estoy segura que hasta cariño le tengo. Porque me ha costado cerrarla y cuidarla. Y es que de eso se trata ¿no? cerrar la herida consiste también en cuidarla de infecciones, de los rayos del sol, de cualquier mal golpe.
Ellas no se irán a ninguna lado, no se borrarán con el viento o una cremita sanadora.
Quizás algún día, con la edad, los años y los pasos, casi no se notará en tu piel. Ella también envejecerá ¿lo sabes? ahí a tu ladito, para que al mirarla no recuerdes cómo llegó ahí, sino cómo la sanaste.
Pues si, a veces se me abren las heridas. A veces me duelen un poco. A veces recuerdo cómo llegaron al espacio suave de mi piel, para habitarlo, hacerlo suyo.
Aún estoy aprendiendo a sanarlas.
Y estaré bien. ✨, estaremos bien.
Y.

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