No recuerdo con exactitud cuando fue que se despertó en mi el deseo de quererle, de extrañar el aroma de su piel, de tenerle cerca.
Quizás fue en una de esas miradas fugaces en la que usted se arriesga a sonreír mientras yo, en mi momento más vulnerable, le cuento mi día más trágico.
Me arriesgo a ser atrevida e imaginar que este desasosiego floreció en mi pecho aquel domingo sentados frente al mar, usted acariciando mi brazo izquierdo con sus dedos, yo, dibujando a escondidas un te quiero en mi cuaderno.
No recuerdo cómo se quedó a vivir en mi pecho, pero tampoco recuerdo cómo era la vida sin quererle.
A.

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