Me preguntaba hace poco: ¿qué sería de mí sin la magia de decir “te quiero”? Sería tan difícil como navegar a mar abierto sin saber nadar.
Sería, Imaginar un mundo sin reírme hasta que mis manos aprieten mi abdomen y pensar: “cuánto amo este momento”, me parece ilógico, perdido.
¿Qué sería de mí sin los besos en la nariz? ¿O las ganas explosivas de tocar las manos del otro?
¿Qué sería de mí sin la humedad de las lágrimas que recorren mis mejillas cuando la felicidad me inunda?
Yo, que pertenezco al querer,
Querer en la nostalgia,
querer en compañía,
querer aún cuando ya no se quiere,
en las despedidas
y en los encuentros fortuitos.
Pero, aún así, si llegara a perder el sentido de las palabras o el timbre de mi voz, lo gritaría con la forma en que mis ojos te miran cuando no sabes que te miro.
En el café que preparé temprano por la mañana, en el abrazo apretado que se dan dos amigas que apenas se vieron ayer.
En la complicidad de leernos a los ojos. Dibujaría un “te quiero” con todas nuestras fotos, con todos nuestros recuerdos.
¿Qué sería de mí sin la magia de decir “te quiero”?
No sería nada y, aún así, lo sentiría todo.

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