Hace un tiempo me contaron una historia muy bonita, tan bonita como quien la contaba.
Era el año 1993 en un pueblo pequeño, pero acogedor llamado «cielito» si, porque estaba rodeado de árboles, flores de colores y se escondía entre las montañas a solo un beso de rozar el cielo.
En esa esquina del cielo vivía una hermosa y pequeña damita llamada «Mercedes» o Mercita, su nombre de cariño para quienes la conocían.
A Mercita le enseñaron a tejer desde muy pequeña, le encantaban las flores y las dibujaba cada vez mejor en cada puntada que daba. Sus manos bailaban entre hilos y agujas, entre canciones de madrugada.
Aprendió a leer y a escribir, sumar y restar también. Aunque no pudo ir a la escuela. Mamá tenía que trabajar y ella también, Mercita creció muy rápido.
Tenía 17, muchos sueños viajaban por su mente de camino a casa cada tarde luego de su largo día de trabajo con la costurera del pueblo. «Estás soñando en voz alta» resopló una vez su hermana Maria, su compañera de auto bus. Maria tenía 10 y leía, escribía e iba a la escuela.
La tarde del martes 20 de abril fue diferente, el asiento de al lado no era llenado por Maria, estaba vacío y Mercita miraba por la ventana con la ilusión de todos los días. – Con esa sonrisa, parece que le hablas al viento y el te responde. Musitó aquel hombre que rompió con cada palabra el muro imaginario que ella había construido unos kilómetros atrás.
Ella se volteó con vergüenza, para intentar descifrar el rostro de aquella voz que la despertó mientras soñaba despierta.
– Ah.
Dijo ella mientras se escudaba en una peculiar risa nerviosa.
Él también sonrió, en silencio.
Mercita volvió a la ventana y él a las páginas de su cuaderno.
Miércoles.
María cursaba tercero de primaria, era aplicada y le gustaba estudiar. De sus hermanos, era una de las pocas que pudo ingresar al colegio, soñaba con ser maestra de literatura y se comía por lo menos un libro a la semana. Esa semana, María fue abatida por una neumonía que la dejó en cama. Mercita la cuidaba por las mañanas y logró que Doña Olga, le dejara ir a trabajar solo en las tardes.
Esa tarde el cielo estaba naranja y las nubes se despejaron un poquito más, el auto bus de regreso a casa llegó justo a las 5:15 p.m. tiempo perfecto para llegar a casa en 1 hora y darle a Maria su medicamento.
La brisa era fría y acogedora desde su lado de la ventana.
Un vestido crema pastel hasta los tobillos y un recogido en el pelo, el bolso del verano eterno y flores frescas para el centro de mesa en casa.
– ¿Te puedo acompañas a viajar hoy también? dijo, una voz varonil y muy suave. – ujum. Asintió Mercita, mientras intentaba ocultar que esperaba volverlo a encontrar.
Y una vez más, ella en la ventana contemplando el atardecer y dejando que sus pequeños mechones de cabello bailaran con la brisa. Él, escribiendo en su libreta, sin cruzar palabras, pero existiendo.
De pronto, Él le dio un empujoncito codo a codo y ella volteó a mirarle. Le señaló la libreta mientras hacía algunos trazos.
– Pa-blo. Dijo ella mientras leía en voz alta, con dificultad.
Se miraron y él le devolvió una sonrisa, mientas asentía con la cabeza.
– Es mi nombre… dijo.
Mercita extendió su mano para pedirle el lápiz y la libreta. Lo tomó mientras se giraba de frente, así él no podría ver lo que ella escribía. Pablo lo entendió todo y la miraba con ternura.
Ella puso el cuaderno sobre el bolso de Pablo y respondió – ese es el mío.. Él asintió y con sus labios repitió «gracias Mercedes», casi como un sollozo.
Mercedes, qué bonita eres Mercedes.
Pablo.
¿Se había enamorado Mercedes?, o solo llegaba a casa y arrancaba las páginas de su cuaderno para intentar escribir lo que sentía cada vez que Pablo y ella cruzaban miradas. Y si no se había enamorado ¿por qué ahora le interesaban los libros de amor y la poesía de repente?
Mercedes tenía 17 años y un nuevo sueño que tejer.
Las manos que nos unen.
Y si no era amor, ¿por qué sus manos se encontraron de repente y se reconocieron tan pronto? Se preguntaba Mercita todas las noches.
Me contó que, fue tan natural que aún recordándolo puede sentir el rose de su piel con la de ella.
Tocar sus manos suaves se sitió igual o mejor que la brisa fresca de cielito, era como vivir en su propio cielo, las manos que los unían.
Y si no era amor ¿por qué me robó aquel beso frente al auto bus?, cálido y reconfortante, tibio para mi corazón y suave para mis labios.
Mercedes.
Pero… hubo un día, un día triste, un día frío.
Un día a su lado que no era naranja, sino más bien gris. Sus manos abrigaban las de ella pero no parecían suyas. Eran frías y sin fuerza.
Pablo estaba triste, ese no era el Pablo de Mercita.
– ¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor? dijo ella con una voz temblorosa. – Estar, dijo él mientras la acercaba a sus brazos.
Faltaba poco menos de 15 minutos para llegar a la parada de Pablo, así que… abrió su mochila y sacó la pequeña libreta que lo acompañaba desde su primer día con Mercita, tomó sus manos y posó sobre ellas la libreta.
– Si alguna vez me extrañas, recuerda que yo nunca me fui, siempre seré tuyo y podrás encontrarme en la brisa, en nuestro cielo naranja o en los ventanales del pueblo. Dijo Pablo, mientras intentaba dibujar una sonrisa.
Mercita no entendía nada, pero lo abrazó y antes de que pudiera decir alguna palabra, él se soltó, besó su frente y se bajó del auto bus. Mercita lo vio partir cabizbajo. ¿Por qué no lo seguí? se preguntó todo el camino a casa. Algo le decía que debía esperar… o no.
Pasaron los días, Pablo ya no se subía al auto bus. – ¿Puedo volver a mi puesto? ya que tu noviecito se desapareció. Resopló Maria mientras se acomodaba junto a Mercita.
El silencio fue una respuesta.
Ella esperó sin abrir el cuaderno. Ella esperó cada vez que se abría la puerta del auto bus. Ella esperó en las calles del cielito. Ella esperó, pero él nunca volvió.
Martes 20 de abril de 1993.
He leído muchos libros de poesía, pero ningún verso se compara a sus pestañas largas que se mueven al ritmo de la brisa.
Escuché muchas canciones y es curioso, ninguna baila al ritmo de sus manos.
Toqué otras pieles, pero nada se iguala a la suavidad de la suya encontrándose con la mía por accidente.
Ella no me conoce y yo tampoco, pero la brisa le habla y eso me parece mágico.
Pablo.
Miércoles 21 de abril de 1993.
PABLO.
y
MERCEDES.
Jueves 22 de abril de 1993.
Mi mamá siempre me dijo que la cosas bonitas de la vida se disfrutaban lento, me parece que tiene sentido cuando te veo.
Porque sonríes y se detiene el tiempo, cierras los ojos al reír y tu pelo… ay tu pelo que se enreda con el mío.
Miércoles 12 de mayo de 1993.
Y si me hubieras dicho aquel día que escapara contigo, después de ese beso, estaríamos bailando un bolero en alguna plaza o en el mar.
Por cierto, ¿Dónde vives Mercedes?, ¿puedo llevarte flores un día? o café.
Mercita, ha leído cada página entre la risa y el llanto, se ha preguntado si, quizás Pablo está escondido en alguna esquina del cielito esperado que ella termine de leer todo y sorprenderla con un anillo de compromiso o escapando lejos a bailar boleros. Mercita vive soñando, aunque estos sueños tienen algo de tristeza en su interior.
La última página de este amor.
Viernes 21 de mayo de 1993.
El adiós me sabe ácido, ácido como el limón. Se me escapa entre las páginas de esta libreta que algún día será el recuerdo de todos los días que pasamos juntos.
Y que será tuya. Y de la brisa. Y de nuestras manos. De nuestros labios, Mercedes.
Porque te amé desde que mal escribiste tu nombre en mi libreta, te amé en tus silencios y cuando se te olvidaba respirar entre tantas palabras.
Amo mi hombro, porque era el espacio seguro de tu mejilla y aún guarda tu perfume.
Soy un hombre común, que aprendió a amar en lo simple y en lo extraordinario.
Pero no fui valiente.
Así que hoy recuérdame por lo que sí fuimos, por lo que la brisa nos contó agarrados de la mano en el auto bus.
Mercedes, gracias por dejarme sentar a tu lado.
Pablo Luis González Lee.
Hace un tiempo me contaron una historia muy bonita, tan bonita como quien la contaba. Mercedes, una mujer que trabajó todos los días de su vida desde que recuerda. No había espacio para el amor ni para ser valiente por amor.
Dedicó su vida a los hijos que vinieron después, con otros amores y otras historias. Dedicó su vida a ser madre soltera. Y en sus días más vulnerables, respondía las hojas de aquella libreta como si Pablo las pudiera leer algún día.
¿A dónde fuiste Pablo? Solía escribir.
¿Por qué no corriste detrás de él Mercita? Se preguntaba ella siempre.
La brisa fresca siempre le responde:
Se libre de amar Mercita, aunque sea un ratito o toda la vida.

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