Abrí los ojos y los rayos del sol iluminaban mis piernas desnudas, enredadas entre sábanas blancas, despeinada y abrigada por su camisa favorita.
Me desp
ertó el aroma a café que venía de la cocina, se despertaba un aroma a semilla fresca recién cultivada, olía a su amor cálido y armonioso. Caminé de puntillas en dirección al frenesí de aquella mañana de abril ¡Café! Dijo apenas sintió mis pasos descalzos.
-Pero antes ¡Bésame!, susurró y adentraba sus suaves manos al mundo de mi cintura.
Ahí estaba yo de puntillas otra vez y mis brazos entre su cuello, admiraba su capacidad de besarme con esa manera tan dulce y delicada y esbozar esa maldita sonrisa que me vuelve loca. Jugaba con mi cabello a la vez que apartaba sus labios de los míos, se dio la espalda y regresó a ese sillón carmesí que cada mañana disfrutaba.
Alcancé la tasa humeante con café recién molido, y me senté a admirar la iluminación, el libro que dejamos abierto en el comedor la noche anterior, lo que me recordó porqué estaba aun semi desnuda. Admiraba el movimiento de las cortinas jugando con la brisa, el reloj que marcaba las 7:00 a.m. y sus dedos afinando aquella guitarra vieja y llena de canciones, viajes, risas, besos y vidas.
Admiraba a aquel hombre que cerraba sus ojos mientras se envolvía en los acordes de su guitarra, aquel hombre que entonaba una canción, el hombre que cerraba los ojos y sonreía, ésa alma acústica y sin manchas. Cada cuerda representaba un sentido de su cuerpo, un suspiro de su ser y un latido de su corazón, aquélla guitarra era más que música, era amor, pasión, entrega y lágrimas.
Ésa tarde suspiré y me di cuenta que, si podía amar la música tanto como a la vida, era capaz de amarme por completo a mí, con esa misma pasión con la que florecía aquel sonido acústico cada mañana, podría hacerme suya como a aquella vieja guitarra.

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