Por Almudena Rosa.

Se veía a lo lejos como caía la tarde y todos aquellos seres de luz alumbrando las veredas, mientras me acomodaba en el viejo sofá que a malas heredé de mi abuela. Son las 12:39, ya es de madrugada, ya cayeron mis esperanzas de volver a verte, se rompió el jarrón marrón que albergaba nuestros gemidas de mil noches de pasión.
La tinta es negra como mis lagrimas, negra como el café en la estufa. El primer trago es amargo, tan amargo como el recuerdo del último beso, el segundo es caliente como la presión que ejercía tu pecho contra el mío. ¿Dónde está el azúcar? lo he olvidado y si no está de más también su sabor, aquel dulce sabor que podía comparar con el de tu boca besando mi cuello.
El siguiente trago ya no es mío, es de los espíritus que me acompañan ésta noche, vagos, triste y sin lagrimas sedientos de mi amargura.
Éste café es eterno, éste café es la historia de la amargura de tus recuerdos, la amargura de amarte al final de la taza.
¡Maldito café!.

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